jueves, abril 19, 2012

 El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.  El recuerdo de un día puede volverse el reemplazo de todos los otros.

viernes, marzo 30, 2012

Sueños: 30-03-2012, noche.

La cosa es que ya no recuerdo muy bien por qué, en algún momento lo supe pero se me fue por las rendijas. De los detalles se me cruzan unas imágenes de pacos, un metro, vestidos de gala, aunque quizás eso fue después. El caso es que era de noche y teníamos que ir a un lugar, alguien sabía bien bien por qué teníamos que ir a ese lugar y el resto lo seguía por un sentido de aventura, quizás un deseo de demostrarse distintos a lo que son, o en un esfuerzo por enfrentarse al fantasma de lo que sí... y era todo bien de noche, de esas noches púrpura pero rojas, noches con estrellas difuminadas y esas nubes que a rato te hacen olvidar la noche. Si alguna vez han tenido el placer de recorrer comunas más populares de noche, se habrán dado cuenta de que el color de la iluminación pública es más naranjo, a ratos más blanco pero casi siempre más naranjo y uno termina por medir las distancias así, un poco inconscientemente, como si fuera un pálpito. Esas luces habían, indudables luces de aventura para nosotros con nuestras galas y pompas. Las casas eran todas bajas, aunque tuvieran varios pisos siempre eran bajas y entramos a una de esquina, que inmediatamente nos tiñó de amarillo, amarillo ocre.

La casa era chica, súper chica, de esas casas de madera y sillones como desinflados, donde pegas un golpe y salta harto polvo que se queda en el aire todo el día y te puedes poner a ver figuras cuando estás aburrido un día domingo. Habían floreros de porcelana chica de esos de la feria y flores plásticas, y una tele que siempre estaba apagada. No sé por qué pero nos pusimos a tomar ahí, y quizás a fumar pero más que nada a tomar y a perdernos en el ritmo. Han sentido que una borrachera es como un tren que avanza y avanza y te mete por montañas y túneles hasta que ya no sabes qué estabas haciendo? He viajado muy pocas veces en tren pero me hacen pensar que las distancias deberían medirse en pálpitos, no sólo cuando hayan luces sino que todos los días porque ¿cómo va a ser lo mismo irme en bicicleta que en taxi?

Ahí me bajé del tren y todos como que despertamos.

Algún tipo de destrucción habíamos causado en la casa, la muerte de los geranios, la bola de pelos del gato, la taza trizada, alguna calamidad había sobrevenido por nuestra presencia y el castigo era irremediablemente severo, los castigos no pueden no ser severos bajo esa luz ocre y todos teníamos esa seguridad incrustada en nuestros corazones como si la culpa tomara forma de espina y nos bajara desde el lóbulo frontal por la columna, se diera una vuelta de carnero en la guata y nos entrara desde abajo en el ventrículo. Alguna vez han sentido a su propio cuerpo tratando de hacerles mal? qué culpa puede ser tan grande para que el suicidio sea inevitable? para que el suicidio sea involuntario?

Había que escapar por que el peligro era inminente y la culpa es más cierta cuando se está corriendo, es más cierta cuando te pesa en la espalda y te espera detrás de las esquinas. Todo salieron corriendo por el living, botaron la puerta y se lanzaron al piso, rodaron, dieron tumbos, se encharcaron los pantalones, se magullaron la cara y corrieron, corrieron como sólo se puede correr cuando te persigue un perro o la ausencia de un perro y sientes que el corazón te explota y bien en el fondo de la guata la espina te revienta y no sabes de dónde pero la emoción es felicidad y te sientes vivo por un segundo, un segundo bien largo y lento y vivo.

Pero yo no.

Yo me tenía que quedar ahí, no alcanzaba a salir, la puerta ya no daba, se había vuelto chica, no tenía cómo correr y de la sombra del pasillo ya se adivinaba algo, o la misma sombra se iba volviendo otro algo y se extendía de a poco para alcanzarme o alcanzar a lo que fuera que quedara en la pieza porque se supone que aún me encontraba fuera de su vista. Así que me subí a una silla, y la silla se subió a la mesa y le saqué un panel al cielo y me trepé por ahí, temiendo a cada centímetro la posibilidad de arañas, y cuando estuve arriba sólo vi madera y fibra de vidrio y mucho blanco liso y me encontré inevitablemente atrapado, pavorosamente atrapado. Así que sólo pude forzar la situación y golpee el techo, le pegué un combo al cielo y mi mano atravesó milagrosamente con la sensación de estar atravezando algo vivo, o hecho de un millar de pequeñas cosas vivas y sentí al instante la frescura de la noche que ya no tenía luces naranjas pero sí mucho púrpura y me descolgué y corrí, sin mirar atrás pero con el miedo de la sombra siempre presente.

Ahí llegué a una encrucijada, aparentemente los pacos nos buscaban y yo me hice el hueón no más, me crucé entre la gente como que yo iba caminando, y había tanta tanta gente y tuve tanta tanta suerte que logré pasar, e iba bajando hacia el metro hasta que un paco me para y me hace preguntas. No sé qué preguntas pero mi excusa era perfecta, mi vestimenta ideal y mi nombre gringo así que el paco me dejó ir, además que justo ahí llegó un gringo de verdad, un gringo que me había estado joteando antes y que era súper rubio y largo y flaco pero feo, no realmente feo pero con un rostro que denotaba muchos monstruos en su interior, como una sed de venganza o una tristeza infinita, una tristeza con colores musgo.

Bajamos las escaleras mecánicas con el gringo que me pedía el teléfono y otras gentes que también habían zafado. Llegamos al fondo y el teléfono se me cae, era viejo y monofónico y apenas toca el suelo se pone a temblar, y luego ya es terremoto y yo que me quedo un buen rato pensando en que era la primera vez que estaba bajo tierra cuando la tierra se movía, y ahí más imágenes de centrífugas y de monedas brillantes aunque probablemente no era la primer vez que estaba bajo tierra.

Y si se cae todo y me muero con este gringo triste?

Ahí sonó la alarma.

martes, marzo 27, 2012

uñas endurecidas por la indolencia del espanto.

viernes, marzo 23, 2012

¿Habrán sido felices los ascensoristas en su vaivén vertical eterno? Llega a las 6:45, calienta el café, el té, el mate, depende donde se encuentre y quién sea, variables tan explícitamente dependientes que es un exceso hacerlas explícitas. Escucha un rato la radio, se ríe, saluda a un cojo, o un enano, los edificios tienen una serie de personajes, habitaciones, entreveros, puertas secretas, salmos, subterraneos, totalmente vedados a los comunes, a los elevados, dónde habrá ido el ascensorita antes de calzarse el sombrero y colocar el sillín a la altura justa, ensayar la sonrisa, comprobar su aliento. ¿Cuántos libros se habran escrito en un ascensor? ¿Cuántas confesiones? ¿Cuánto toqueteo sigiloso de un pecho? ¿Cuántas ascensoristas? ¿Cuántas preguntas? ¿De dónde habrá salido la muerte, la envoltura de cristal que envuelve a la muerte y la vuelve impenetrable, la armadura enemiga del espejo, de la historia, de los ascensoristas?

domingo, junio 05, 2011

Sueños: 14-10-2010, tarde.

Despertar a una realidad de candelabros y flores. Plantas, la Paula hablándome de que nunca habrían tantas plantas en mi pieza y las paredes que ya no son, y se transparentan a una casa más alta y más amplia que parece estar preparándose para algo.
Entre el límite superior de mi cama y la pared hay mucha basura, toneladas. Se me cae la cámara del Nico ahí, y la Blackberry e intento rescatar la cámara pero el espacio es muy estrecho y yo no comprendo cuándo llegó toda esa basura a ese lugar ni por qué tengo la cámara al lado de la almohada. Giro la cabeza y hay un cuadro que palpita en la pared, en la pared real, no transparente, o más que un cuadro un algo de luz, la precisión correcta sería algo de luz, por más impreciso que eso sea esa es la impresión correcta y la luz es naranja y roja y azul, en ocasiones no es y en ellas el sueño se me va diluyendo, despierto a una realidad de automóviles y sus faroles en mis cortinas pero entrecierro y veo nuevamente ese algo de luz que me palpita o me llama o qué se yo.
Giro mi cabeza giro mi cabeza porque llega una mujer (y es gorda, debo decirlo, desagradablemente gorda, no muy gorda pero de una gordura repulsiva.) a dejar su cartera ahí, inapropiadamente, al lado de la cabecera y su cartera es marrón de cuero pero ahí es donde despierto a una realidad de candelabros y flores. La fiesta parece estar comenzando y los rostros conocidos van dando paso a gente con aspecto huraño, como de hurón. Yo me enfado y quiero reclamar pero la voz no me sale y respiro con dificultad. Intento hacerle entender a Paula y ella me mira extrañada y pequeña y estúpida y la gorda entiende y me busca las pastillas porque yo creo que es alergia y si no es alergia no sé qué porque la gargante está aprisionada como si hubiera comido vidrios o hilos o pájaros. Me siento a escribir aquí a que se me pase la garganta

lunes, marzo 14, 2011

Bitácora de Consecuencias #14

No hay elementos verdes o insectos locusamoénicos rebotándome en las pupilas. No un contacto de dedos o un aura como de tontera envolviéndolo todo. No hay necesidad de enmascarar siquiera la refulgencia del instante detrás de un doble juego de apariencias. No hay nada edulcorado que escribir, nada que ocultar. Y sin embargo... todo es exactamente igual a como fue.

martes, diciembre 28, 2010

Quiero decir que no puedo ser absolutamente leal


"Quisiera mirarte larga y ardientemente, levantarte el vestido, hacerte mimos, examinarte. ¿Sabes que apenas te he mirado? Estás rodeada aún de una aureola demasiado sagrada. No sé cómo decirte lo que siento. Vivo en una perpetua esperanza. Llegas y el tiempo se esfuma como un sueño. Hasta que te has marchado no me doy perfecta cuenta de tu presencia. Y entonces es demasiado tarde. Me aturdes. Intento imaginarme tu vida en Louveciennes y no puedo. ¿Tu libro? También eso me parece irreal. Sólo cuando vienes y te miro, la imagen se hace clara. Pero te marchas tan de prisa que no sé qué pensar. Sí, veo la leyenda de Poushkin claramente. Te veo en mi mente sentada en ese trono, rodeado el cuello de joyas, sandalias, grandes anillos, las uñas pintadas, una extraña voz española, viviendo una especie de mentira que no es tal sino un cuento de hadas. Es una pequeña Anaïs bebida. Me digo a mí mismo: "Ésta es la primera mujer con quien puedo ser absolutamente sincero." Recuerdo que dijiste: "Podrías engañarme; no me daría cuenta." Cuando ando por los bulevares pienso en eso y me es imposible engañarte; sin embargo, me gustaría. Quiero decir que no puedo ser absolutamente leal, no está dentro de lo que soy capaz. Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado... No sé cuál de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo."
H&J.
- A.N.

sábado, mayo 15, 2010

La ciudad de los espejos velados (fragmento)

En la ciudad, a los hombres nos corresponde avanzar por muchos ritos. Tal es su cantidad que en las innumerables bibliotecas que recorren el subsuelo, en compañía de ratas y de esos seres opacos que hemos dado en llamar "guardianes", existen cordones enteros dedicados a listarlos y discutirlos. En las universidades se construyen facultades enteras para dedicarse a su estudio y producción. Llegar a ser un ingeniero en ritos es comparable a ser un malabarista, un sacerdote o un médico real.
Se cuenta, mediante murmullos y señales secretas, que las mujeres también tienen ritos parecidos, pero ese tema nos está tan vedado, que los pocos que se animan a perseguirlo son marginados como si se tratara de niñatos insolentes. La persecución de objetivos banales debe ser necesariamente una operación solitaria, una caza egoísta y, ojalá, mortal. Ese es uno de nuestros ritos.
También se comenta (o más bien se encuentra instalado como un cáncer en la profundidad de nuestra memoria) que la superación de los ritos supone una ascensión, una escalada en un panteón incógnito y milenario. Todos secretamente buscan este camino, pero nadie ha confesado hallarlo. Yo no lo haría.
Los ritos determinan nuestra vida desde la concepción. Hay algunos que obligan a ciertos padres a abandonar sus crías al pie de un río de tonos verdosos el primer día de primavera inmediatamente posterios a su nacimiento. Los que sobreviven por sí solos conforman una casta ubicable en lo más bajo de nuestra escala social, pero que sin embargo cuenta con beneficios por los que muchos otros han cometido crímenes inefables. Ellos son los Guardianes y, nadie sabe cómo ni por qué, llevan en sus hombros más conocimiento de las bibliotecas y de los ritos que nadie. Una de las líneas de nuestra historia conjetura que son de su autoría los ritos fundacionales, y que existen como seres que, por una convergencia de silencios y oscuridades, están un poco más allá y más acá de la humanidad.
Hay ritos que condicionan la cantidad de líquido permitido a la semana, la forma de matar a un animal en un día específico del año, incluso alguno define los pensamientos exactos que se deben tener la mañana de un domingo, en orden y color implacable; muchos ritos conducen a la muerte, o a la desesperación suicida de no poder cumplirlos.
Simone Xenakis, uno de los ritólogos más grandes de nuestra época, (cabe aquí mencionar que el primer hijo de la novena familia en jerarquía de cada cuarenta años, se convierte necesariamente en el gran ritólogo de nuestra época) aventura que hay al menos trescientos cincuenta mil ritos identificables, más de veintinueve mil por cada una de las puertas de la biblioteca dodecaedral, y que en un nivel más sutil, en un sótano quizás de la casa más humilde de la ciudad, se encuentran especificados, hasta en el más mínimo detalle, cada uno de los pasos y miradas de cada una de las personas, cada aullido de cada animal y cada brillo de todos los puñales del presente y del futuro; incluso existiría un documento en que se cifre la existencia del rito responsable de la existencia de ese documento mismo, como una escalera infinita, un dibujo imposible de todo lo que fue y será.

lunes, mayo 10, 2010

Horrores II

No puedo encontrarte en el lenguaje.

Horrores I

El nacimiento de una epifanía desde el misterio robado de un libro que no es tuyo, no es tuyo en sus palabras ni en sus hojas, no lo es en el recibo arrugado que descansa en el tercer cajón ni en la mancha de dedo índice en la página cuarenta y dos, no lo es pero de cierta forma lo es, la huella de polvo que depositó en el escritorio no se saldrá nunca de ti, no saldrá tampoco el polvo que llegó a tus pulmones y algún rastro dejó en tu sangre, ese polvo es libro, forma de libro, altura de libro, inextricable misterio de libro. Desvías la mirada un poco hacia la derecha como no solías hacerlo y la numeración de la colección te dibuja un horror, un pánico que se vuelve descubrimiento y aceptación (aquí es la línea se difumina y comienza a vibrar, lentamente primero y luego con fuerza, en algún momento se agitará con tal intensidad que ya no será visible si no en sus dos tiempo de menor momentum, y la línea ya será dos, que a su vez vibrarán, primero con lentitud...) y ladrillo en la cabeza. Porque los libros son eso, máquinas de guerra, máquinas de construcción pero finalmente máquinas de guerra, el descubrimiento del 606 (o 909) de la colección y su dibujo no es un mero azar pero cómo decir que no es un mero azar y ponerse a teorizar sobre el polvo del libro, la epifanía del polvo, burda metáfora bíblica...

¿Cómo plantarse frente a estos escaparates sin sentir el pánico de lo incontrolable?

Las manos que manejan el número del libro y lo ponen al costado en un ángulo adecuado para que justo a la hora en que yo incline la cabeza y mire de reojo a aquel rincón y mire de reojo a aquel rincón y mire y vea una botella llena de párpados vivos y pestañeantes o una cabeza calva con un agujero en la cima que intento abrir con mis dedos pero se descascara, las paredes mismas del agujero se descascaran para dejar caer a algo que no es un cerebro ni mucho menos si no algo que es exactamente como un cerebro pero no es porque todos sabemos cómo es uno y todos sabemos que eso no lo es aunque se vea y se sienta y huela como uno y responda a los estímulos cómo uno y guarde todos los recuerdos de la infancia del calvo eso no es un cerebro ni un cráneo quizás sí un agujero quizás lo único cierto aquí sea el agujero que forma ese 0 en medio de los seisnueves y que me obliga a mirarlo y mirar a través de él y ser él para mirar el mundo hecho de polvo y libros y dibujos de alas quebradas.

Pero yo puse ahí ese libro.

¿Cómo ser los escaparates y las máquinas sin sentir el pánico de lo incontrolable?

domingo, marzo 28, 2010

Desapariciones, Dos.

Ella tenía la capacidad de aparecer de las maneras más inimaginables al abrir la puerta. Se me hacía a un bufón que se viste para un acto cotidiano, sin ninguna importancia, sin saber que podría poner en riesgo su vida o esa cabellera tan abundante. Aún recuerdo la vez que me abrió con la cara pintada blanca y traje a rallas, la conversación de ese día versó sobre gatos y caracoles pero sólo a base de gestos. Creo que apenas nos entendimos. Solamente la conversación y la taza de té, que nos hundía como en un pozo lentamente, donde nos movíamos de una forma parecida al letargo mañanero, desesperezándonos de la realidad para llegar poco a poco a un estado de movimiento innecesario; un estado, sin embargo, mucho más fluido, más rápido. Girábamos interminablemente en la taza de té tibia, nuestras palabras se mezclaban y confundían formando incoherencias. Parecíamos disfrutar de explicar todo de una forma lo suficientemente enrevesada hasta que el entendimiento de la misma fuera innecesario, que ganáramos la sustancia del concepto por una especie de decantamiento metalingüístico que nos permitiera flotar en ese universo mental libremente, asimilando todos los conceptos a la vez o simplemente quedando al libre albedrío de los mismos, siendo embestidos en todas direcciones por estos signos sin sentidos, estas sensaciones que al final nos hacían doler la cabeza de tanto rebotar dentro.

viernes, octubre 02, 2009

Desapariciones. Uno

Una repisa repleta de libros dejó una mancha de polvo.
Las personas pasaban y agradecían el nuevo espacio. Las polillas gusano migraron a la sección de teoría cognitiva. Los ratones hicieron madrigueras en geografía.

Yo miro sin entender muy bien. Con mi libro en la mano.

viernes, septiembre 18, 2009

Repeticiones III

Se puede tomar el ruido pero la respuesta ya dice suficiente. Se pueden cerrar los ojos para mirar con la boca el espacio conformado por las casualidades.
Puedes dar un paso y caer en el vacío, desde el vacío.

Repeticiones II

¿Qué buscamos, si no un camino que de una u otra forma nos remezca hasta que las raíces estallen de alegría?
Me gustaría decir: Esto es lo inevitable.
Me gustaría decir.

miércoles, septiembre 16, 2009

Repeticiones

Imagina una rueda del tamaño de la tierra, cuya tarea sea girar sobre ella. Imagina que el movimiento está dado por tu caminar sobre la rueda. Ahora imagina las estrellas.

Correspondencia

Cuando abrí el sobre no pensé, no quise, el papel era demasiado blanco y la caligrafía enervantemente delgada, Qué podrá ser, no tengo parientes ni amigos, no tengo cuentas susceptibles de estar impagas, jamás habría cometido un asesinato ni un robo, simplemente estoy aquí, con la cabeza debajo de mi almohada esperando que la tarde pase sobre los árboles no muy grandes, por mi jardín no muy verde y mis ojos profundamente cerrados. La carta lleva un membrete que no logro identificar, que no quiero leer, tiene un tamaño impropio, ni muy grande ni muy pequeño, pero lo suficiente como para tener que acercármela a la cara, oler levemente la fragancia de la mano que se cuidó de poner la estampilla, estampilla con contiene un paisaje que ignoro, pero que abarca tonos y formas que me ponen los pelos de punta, unos árboles como los míos, unos ojos como los míos.
Casi puedo visualizar la lengua pasando por el pegamento, lentamente, empezando por la punta, despacio, no vaya a lastimarse, No, cómo se le ocurre, llevo años en esto, volviendo cada segundo a la seguridad tibia de la boca, para hidratarse y retornar con renovadas fuerzas a la lucha, al cortejo, con el dulce pegamento que dejará un sabor por el resto del día, que viajará kilómetros a una casa indeterminada con techo rojo y claveles en el antejardín para besar apasionadamente a un esposo indiferente, a un amante lúdico, a un espejo vacío con mirada tenue y triste.
Alcanzo el abridor de cartas (¿tengo un abridor de cartas?) y lo sostengo un par de segundos frente a mis ojos, La mente humana actúa en un ritmo que no calza con las acciones, hay un dejo de esperanza en cada movimiento, que intenta resguardar la fragilidad incógnita del acto como expresión pura de realidad, despojada del sentido irremediablemente contaminado por periódicos viejos, chimeneas agónicas y desayunos solitarios frente a un plato vacío, un plato de nada.
Deslizo el cuchillo por el pegamento, como si fuera la lengua misma, una contraparte metálica, un correlato biónico de la humedad reemplazada por lo gélido, con el rasgo compartido de mi palpitar y su palpitar: un solo discurso, cortado en dos puntos por estas acciones soberbias de cerrar y abrir, palabras cuya llave debiera otorgarse sólo a deidades o elementos vegetales, retazos de nube, madrigueras de ratones. Opone poca resistencia, se abre de golpe, logro ver un par de letras manuscritas en una tinta negra profunda, respiro profundamente una y otra vez con el sudor recorriéndome el cuerpo.

Lentamente unos dedos comienzan a salir del sobre, delicados, las uñas con esmalte rojo, bien cuidadas, perfumadas, hidratadas, suavizadas. Me acarician lentamente las falanges de la mano, con una calma intensa que me recorre el cuerpo, ya la muñeca está afuera del sobre y el antebrazo intenta mostrarse, lozano y descabelladamente blanco.
Por un segundo dudo. El resto de los segundos le di mi mano, y así estuvimos, así nos quedamos, entrelazados.

Bitácora de consecuencias #1

El cielo calmó los ánimos cuando puso su mano sobre la mía y me miró directamente a los ojos. Las abejas revolotearon amistosas en torno nuestro, como si fuéramos flores o tazas de miel. El campo infinitamente verde regalaba sus bailes y cantos inocentes a nuestros sentidos, potenciado por el murmullo cristalino de las aguas bullentes de animales de todos los colores del arcoíris.

Cuando escribas de esto, trata que no parezca tan edulcorado, me dijo.

Yo
me decidí por la literatura.

Bitácora de extraña #4

Consecuencias, consecuencias. Hay una dificultad irrenunciable cuando intentamos mover un objeto cualquiera, no hablaré de grados ni fórmulas, la física es un lugar que frecuento pero no domino. Hay algo irrenunciable, inenarrable, en el acto mismo de modificar la abertura de mis labios para pronunciar una palabra cualquiera, mover el aire en oleadas constantes que mecánicamente produzcan un sonido, un gritoplegarialamento que puede tanto significar como perderse en el vacío, el inevitable vacío de empujar un objeto cualquiera sin enunciar su objetivo; por mera aproximación alegórica es la etiqueta sobre el nombre lo que nos entrega el mensaje sobre la acción. La acción se pone en marcha entonces, a partir del movimiento del dedo, del vibrar del aire que sale de mi lengua húmeda y tímida, del impulso nervioso que acciona el gatillo extensivo a todo mi cuerpo.

Entonces está hecho, tenemos un acto, tenemos una palabra, un beso, un grupo de flores pisadas, una polilla agónica, el ronroneo de un gato, un gemido de placer, un gemido de rabia, un gemido de esperanza, treinta y seis situaciones posibles en una hoja de papel en blanco, trescientos cincuenta y seis orgasmos por todo el cuerpo, la contemplación silente de la vibración que produce el sueño en los ojos de una persona, ese temblar de labios que precede al encuentro con otros labios largamente deseados.

Tenemos el deseo, la acción, la palabra, la hoja en blanco y una serie de límites en los que la estructuración del discurso debe darse de una manera medianamente satisfactoria, a menos que no queramos significar, o intentemos significar aquello que no queremos significar, lo que sería un contrasentido delicioso y difícilmente cierto.

Hay 3 peligros fundamentales en todo esto:

- Los hoyos negros.

Están ahí, al alcance de la mano e invisibles. Basta poner mal una letra y la narrativa se va al carajo, al punto de fuga, a la tipología desinteresada (como si fuéramos agrimensores) de un autómata eficiente.

- La libido

No diré mucho con respecto a este tema, todos quienes lean sabrán bien a lo que me refiero. Para ilustrar: aquella fuerza que resalta la adjetivación a niveles insufribles (ya sea por abundancia o parquedad), aquella que nos lleva a escribir textos crípticos a las 3 de la mañana, intentando darles matices concretos pero terminando en una madeja inexpugnable de giros argumentales y peticiones de principio. Calentura literaria, o no tanto.

- Los osos polares

Son blancos, gordos y tiernos. Por más ligera que sea mi descripción creo que los caracteriza bien, después de todo, que sus pelos sean transparentes, que asesinen orcas y que su peso esté bien equilibrado no le importa a nadie. Lo fundamental es eso: blancos, gordos y tiernos. Tanto modifican la realidad que me vi obligado a poner uno en esta tríada y, aunque el sentido se dibujó difuso después de aparecer la forma, considero que en un nivel bastante retorcido, es lo que más sentido hace de todo esto.

- Entonces, ¿de qué consecuencias me hablas? y ¿qué tiene esto que ver con las anteriores bitácoras?

Buen
amigo, no ha habido anteriores bitácoras.

jueves, septiembre 10, 2009

Bitácora de extraña #3


El dramatismo se nos hizo poco cuando, sopesando las posibilidades, decidimos que las opciones eran sacarnos la ropa o morir. Como la muerte volvería menos pura (o groseramente pura) la experiencia que suponíamos estar teniendo, lanzamos al aire los vestidos.
Los latinos tenían nudus para significar "sin ropa". No deja de asombrarme esa capacidad de hacer aparecer la imagen sonora frente a las imprecisiones del habla. La lengua pronuncia desnudo y el latino de mi interior imagina un desropado sin ropa (prefijo des, indica oposición), alguien dos veces despojado de la vestimenta, como si los dioses le impusieran una tarea imposible sólo para probar el equilibrio que supone la inmortalidad. Lo cierto de todo esto es que estábamos en ese estado, así, un poco nudus, un poco despojados de las ropas mojadas (molliare, me sopla el latino vulgar), pálidos y tiritando bajo el calor risible de una ampolleta de 100 watts.
La lengua estaba limpia, sin rastros de nada que antes hubiera pasado por ahí y deseaba seguir en ese estado de existencia, los músculos se sabían fríos pero no atinaban a enviar los mensajes necesarios para dejar de estarlo; los actos que se sucedieron fueron resultado inmediato de la decisión lúcida que partió con el recuerdo de una toalla en mi bolso, que continuó con lanzarse a la cama y cobijarse en las sábanas, que se vulgarizó al tomar la cámara análoga y disparar a todos los nortes.
Podría llamar pasividad a ese momento, podría llamarlo paz, etiquetarlo despreocupadamente con una cinta de colores fuertes que rezara liviandad, gritarle en las orejas su nombre: cavidad benéfica, tapa de hojalata, pata de paloma oxidada y colmillo de roedor sediento. Podría, puedo, pude decir un centenar de palabras que llenaran cuadrículas de realidad, que conformaran un ejército de sentido y narratividad mágica, volviendo un sinsentido la penumbra cadenciosa que conformaban los nuevos tonos del rock matemático y la proximidad del nudus, pero la declinación del túnel de la realidad, por la distancia que me alejaba de su entrada, se me hacía una droga irrenunciable. El paracaídas estaba abierto y podía dedicarme a caer (des/esperadamente caer, tristemente, aleteando y con la nariz empeñada en subir, en alejarse de ese des/tino irrevocable que la gravedad disfruta con una sonrisa cínica, oponiendo su des/formidad universal a nuestros cuerpos sin leyes, des/organizados, sucios a fuerza de restregarse los ojos con pezuñas usadas, de lagrimear estúpidamente una plegaria vacía a unos dioses des/carados: EX NIHILO NIHIL FIT
- Cállate, tus partículas me duelen en la cara, tus raíces se propagan por mi campo y me retuercen las begonias, me asesinan los alelíes...
A FRUCTIBUS COGNOSCITUR ARBOR
- No se conoce a nadie por nada, estás burlándote del frío y la felicidad que sentía. Te dedicas a banalizar, tomas tu bastón y me golpeas. Yo, un hecatónquiros bajo tu red semántica de des/precio, de Canta, oh musa... pero eso ya es griego, y tu ya no estás, cíclope verborréico.) en una pausa prolongada y agradable.

Fue ahí que las estructuras mentales comenzaron a ser caracoles, el tiempo se nos fue por la borda, capitán, y la luz de la aurora nos bañó de manera poco agradable. Fue ahí que soñé con el dibujo de los tigres, con la cabeza acromegálica, con la muerte en el espejo y con unos labios que manaban toneladas de sangre, fue ahí que soñé que des/pertaba, des/perdigado, des/asido, des/olado.

Bitácora de extraña #2

El tacto era familiar. La lluvia caía pesada pero gentil, en goterones que se repartían por mi cuerpo como carreteras sonoras, descompuestas en colores indescriptibles que llevaban grabado en sus hombros la identidad completa de la realidad, un palimpsesto acuático del instante, tarros de pintura sucesivos que no abandonan su significado unitario y se vuelven parte de un todo absolutamente personal e intransferible, pero intuido deliciosamente universal.
Desconfiado, más por absurda costumbre que por real pálpito, me dejé reposar en la tierra mojada. Permití a mi pies libres pasearse por las pozas y a mi cuerpo dejarse recorrer por las nubes. Los árboles que me rodeaban se volvieron personas que me tomaron en un abrazo infinitamente cálido y extrañamente carente de sensualidad. No podía evitar las risas y bebí de la lluvia durante horas, sintiendo el penetrante frío de la manera más agradable que pueda lógica o locura alguna conjeturar.

Las cifras de los días son matemáticamente infinitas, pero no hay cielo mortal bajo el que quepa la consideración posible de ese camino poliforme que es el tiempo. Puedo declarar, con un temor irrenunciable al poder creativo de la enunciación (y a sus consecuencias), que me despojé en un momento de la preocupación por la causalidad, y que un instante vi un instante, y que en un paso vi todos los pasos reflejados, resonantes, y la lluvia fue un millar de espejos de mi rostro y su personalidad vedada, borrada por la mano deleble de la compresión.
Cerré mis ojos entonces y dibujé una sonrisa en el universo por cerca de media hora. Los trazos de mi lucidez me indicaron que el momento para volver era ese, a riesgo de que uno futuro ya se viera imposibilitado por la biología de mi circulación.
"Vamos, volvamos, tenemos que secarnos".
Y partimos, torpes y mojados de vuelta a la oscuridad de la habitación.

martes, septiembre 08, 2009

Bitácora de extraña #1

La lengua se mantuvo amarga durante mucho rato. Las risas llegaron rápido, nadie muy seguro de qué las producía. En la mesa, una chicha y un mezcal acompañaban las horas de quienes reían en otra frecuencia, en un paso un poco más lento u opaco del que nos hacía a nosotros vibrar. Dejaré de momento el plural para lanzarme al yo, después de la risa el nosotros no fue algo tan apreciable como para atreverme a darle un lugar.
La música fue siempre un elemento de duda, no sabía si era mi cabeza o las bocinas, podría haber sido también la lluvia, después entendería que era todo eso un poco sumado, o restado de... El punto es que me fui a la pieza escapando de las luces, intenté escribir algo en el computador o poner una melodía distinta pero la luz se enemistaba conmigo o jugaba a enemistarse y me hacía las cosas imposibles. Llegaron varios con un dispositivo que producía colores y formas a mi contacto, me mantuve interactuando con él durante lo que sentí horas, probablemente fueron minutos. La música duraba entre 4 y 5 minutos pero era todo un universo en mis sentidos y me perdía la noche en ese ir y venir cadencioso y agradable. Me lancé a la cama, buscando refugio de la luz amarilla, ordenando mis pensamientos que nunca me abandonaron, pero sin poner resistencia a las visiones magníficas que comenzaban a gestarse.
La lengua pasó de amarga a inútil, los ojos no paraban de lagrimear, mi nariz se mojaba sin desbordarse y mirando al cielo respondí que estaba bien, que veía una estela detrás de mis dedos y que mis ojos estaban abiertos, aunque ellos no lo notaran. Los músculos de mis brazos dolían un poco, cada vez menos hasta casi no estar ahí.
Alguien encendió la luz y pude ver las líneas de las cosas vibrando, pedí que todo quedara así un momento y mi visión pasó de la vibración a una división horizontal constante, así como un filtro sobre la televisión que separara todo en líneas delgadas y muy unidas. Me acompañaron en la cama, cada uno en sus preocupaciones. Ahí comencé a sentir cómo los sonidos rebotaban en todas las cosas al mismo tiempo, cómo todo palpitaba al unísono y la invariabilidad del tiempo presente, el estar en una existencia inmensurable y simultanea con todo, devenir de las posibilidades en el instante único e irrepetible. Intenté enunciar esas palabras (más una confirmación que un descubrimiento) pero no lograba nada, frases sueltas y crípticas frente a la mirada comprensiva de una compañera.
Ahí decidí probar algunas cosas. Me alejé de la cama, casi arrastrado, y con mucha dificultad llegué al living, inevitablemente giré y giré, intentando alcanzar los reflejos y las sombras que se me aparecían en todos lados: siluetas circulares, como jarrones de sombra, humo de cigarrillo indeleble que me dediqué a seguir con ansias, el sonido de la lluvia que se volvía vibración en mis ojos.
Llegó alguien con hierba y jugó a lanzarme el humo cerca, lo que agradecí porque aun no experimentaba totalmente con mi olfato, sentía las hojas en mi lengua acompañadas de un poco de tierra, pero no tuve ganas de fumar. Intenté escapar un poco, un par de segundos, en ese momento entraron 2 por la puerta y alguien prendió la luz justo en el momento en que unos labios fueron posados apenas un mínimo un instante sobre los míos. La conjunción de sensaciones produjo una especie de túnel de luz que me mandó proyectada la visión varios metros más atrás.
Volví a la cama, en busca del calor de la música. Logré poner un par de canciones, hablamos un par de minutos sobre lo que íbamos sintiendo y todos pasábamos por cosas muy distintas, lo único común era el efecto musical así que nos arrojamos nuevamente en la cama, dedicándonos a escuchar.
Yo, comencé a fumar tabaco mentolado insistentemente, sentía como si lo estuviera mascando y era bastante agradable. También dediqué mi tiempo a oler, me pegué al cabello, a la piel, las manos, el humo, olía y fumaba y me remecía con la música cada vez en un tono más potente. Pasado lo que sentí como varias horas decidí que era tiempo de probar algo distinto. Me levanté, arranqué mis calcetines y les dije: vamos afuera, no podemos desaprovechar la lluvia y la tierra. Y así nos fuimos, torpes y descalzos.

viernes, agosto 21, 2009

siempre fuiste un poco más concreta
quién sabe en qué sentido
sería muy facil decir
si así dijera
levanta un poco los pies del suelo
y dime qué piensas
de las noches
eflorescencia
a veces se trata de eso
de nacer en una palabra no dicha
en un espacio filtrado por lo desconocido
atarse a un montón de sombras y correr descalzo
soportando las piedras puntudas
los caracoles desechos
girar hasta elevarse
de cuando en cuando mirar hacia arriba
porque el arriba siempre te mira,
de alguna forma te mira
y salir así
con las patas sonrientes
la sonrisa volada
los ojos un poco tristes
a veces
no hay más que eso

domingo, junio 14, 2009

Te veo las palmas apuntan al suelo
Te veo los ojos cegados
Sin embargo, sin embargo
Sigo aquí

imbunche

Me acecha inanimado un zombi muerto viviente en la espalda lo llevo Cargo su cruz Sentado sobre mi rostro al despertar La ducha su cabellera pútrida se me pega a los labios las manos los ojos Arrojado en el piso me tropieza en pleno baile giro salto de carnero Embestida no cae Caigo sin cuencas se ríe sus cuencas se ríe Yo negro asfalto flor en picada Negativo parchados los ojos ceniza de pelos al sol Maldición no me muevo no me muevo no me muevo no me muevo no me muevo veinte noches más cinco en la misma letra de la misma página La erosión de las referencias... La erosión de las Referencias... La erosión de las referencias se me sale por lo hoyos el queso el aliento las manos no me muevo me escupe al oído me parcha los orificios imbunche saco de carne no me muevo tengo cosidos los brazos las piernas las letras vacían-se sácame-que-no-me-muevo-le-grito-legrito-sácame-labios-cosidos sácame-hiena sácame-muerto-cosido-los-labios-a-mordiscos-de-perro en el asfalto negrito la tierra me cubre no me muevo negrito negrito mírame las cuencas imbunche-mírame el ano imbunche no me muevo puros hilos los hilos de dedos debieran mover mi cuerpo cerrado negrito mírame el polvo cabello montaña no me escapo no me escapo negrito escarba tus dedos rasguña grita negrito negrito rómpeme los oídos negrito no escucho tus manos tu piel no escucho tu tacto tus cuencas parchadas negrito no llores negrito estoy bien negrito
Estoy bien negrito
Bien negrito
Estoy

jueves, junio 04, 2009

En los párpados

En los párpados me pesa
la distancia de fallecernos
Poseernos en una lambada
glauca de fotos patas arriba
Martilleando la sordera
de tus pasos, todos mis dedos
envainados, con manzanas
Gusanos de la espera eterna
tomados de la mano de Circe
Cerdos en fila, como si la ciudad
intentara darnos de beber
una absenta de raíz burlesca,
burlada, burda     De mi sien la arena
belicosa brama     Empápame,
tengo los ojos volados
mis dedos se deshacen en la trampa
de ebriedad ornitológica
Y me lanzo
Avenidas en picada, pasándome
bajo el estomago las cabezas
ignorantes de mi fuga y mis ojos
su vuelo de escape, su vuelo de agua
El cauce de los edificios con sus corales
en movimiento, mutando en comunicadores,
palabras benditas con papel moneda
que el obispo lleva en los cordones de los zapatos
listos para colgar a quien se atreva
a no morir como se mande
a matarse en agitación de pólvora
a aplastarse bajo un tren de caracoles
Le invito a dibujar la silueta de su cuerpo
ahí en el lugar que tiene asignado
no olvide su número, el teléfono, si quiere
           (Que no se culpe a nadie)
Un gran pez en mis manos se rebalsa
el abrazo volado, la cumbre más alta
Femenino veo en su aleta mis ojos
en sus ojos los otros, de otra sábana
de un árbol, de un cielo estrellado
un cielo de Chesterton anudado a mi cuello
como una gran interrogación
enarbolada como estoque
óxido en el filo, una lanza
la pregunta lanzada con ballesta
una granada reventándome    Pero no es así.
Apenas pesándome los párpados
enlodándome el sueño, el deseo
de volverme una espiral en el blanco
aterrizaje de mis plumas
Me las arranco, delicado
aprisiono una cordillera en mis brazos
y se hacen al cielo sin mí
que pongo a hervir el agua
y me quedo pesado,
despierto.

lunes, junio 01, 2009

Feliz

Floresración de papeles pintados, de velas multicolores elevándose por mis paredes transparentes, por mis paredes prestadas y ahora gigantes e iluminadas.
Floresración de felicidades completas, casi tanto tan completas que parecían escapárseme de tanto que me llenaban.
Floresración de sueños intempestivos, de sombreros vegetales, de comida abundante y tierna...

Floresración... por todos lados floresración.

domingo, abril 19, 2009

Contraste

Rebanar el queso filadelfia, aplicarlo en la galleta perféctamente cuadrada que ahora va a dar a un lado del coctel exótico que nos preparó la brasileña.
Tomar nuestras cosas, prender un pucho, caminar de noche cantando canciones mamonas, imaginando canciones.
Subirse a una micro, viajar kilometros, bajarse, subirse a otra, viajar más hasta bajarnos de nuevo pero ahora en el peligro nocturno del callejón desconocido y los piños de caras desconfiadas pegadas en las esquinas.
Meterse a una okupa, derruido todo: las caras, los zapatos, los animales, el techo. Sentarnos en círculo y beber en caja, seguir bebiendo, fumando, bebiendo.
Meterse a la cama, rodeados de velas, de espacios vacios donde deberían ir puertas, de techos caidos, de animales ajenos, de sonrisas que se mezclan y reparten por los recovecos del lugar: sonoridad fantasmal, casi de ultratumba dibujando siluetas imposibles, susurros y ecos nocturnos con muerte en la mano.
Luego abrir los ojos.
Abrir.

miércoles, febrero 18, 2009

Vamos, dejémonos de pavadas
déjame arrancarte una fruta del pecho.
No me mires así,
abre bien los ojos ponte las gafas
Póntelas y mírame completo
más allá de la vista, del oído

No me pongas esa cara,
la pena ya nos tiene
sin poder apreciarle
el dulce brillo al pez
apenas cubierto de agua

(sin poder reflejarnos)

Esa que nos nace y fluye
pezcaracol,
cancionletra,
besoespalda,
cuello, cuellopiel

y que ahora, sombría,
se llena de hojas
grises:
reflejo y retazo poco claro.
Fantasmas de las líneas
de las líneas de nuestros ojos.

Blanco y negro
aspirado el sonido

moribundo, triste.
Como sólo las cosas tristes

Cubierto, cenizado.
Agónico, agónico, agónico.

Dame tu mano,
no temas y dame tu mano
que mientras me uno a ella
entrelazado en la ansiedad
del tiempo,
irá cambiando tu cara
y desde tu mano irá
y desde tus ojos irá
extendiéndose, caluroso
un clamor sin imágenes,
pura existencia
rehusándose al código de la letra;
y nos irá llenando, y nos irá llenando, y nos irá llenando

quizás lentamente pero con brío, con dulzor de destino inescapable, de cosa firmada con letra escarlata. Miraremos en torno y habrá nacido una casa, con los restos de la otra metidos en el porche inglés, en el cielo otoñal y el poste para arañar del gato, que,

gastado
por
el
tiempo,

seguirá en la esquina destripándose de a poco, pero dejando en su camino la angustia de esperar frente a una puerta cerrada, golpear con las patas, romperse las uñas, dormirse mirando por el tímpano de la puerta, por el cerrojo velado. Oliendo del otro lado para formar una imagen vaporosa, un teatro de sombras chinescas, un diálogo de cine mudo,

El gran monologo de la vida saliendo de labios impíos, descascarados y mordidos, sangrantes; el actor mirando los asientos vacíos, escupiendo en los rostros estoicos, gritando sonetos, versos corales, poesía épica, secular, un hilo escapando de la lengua furiosa que es puente por debajo de la puerta, es cuerda para escalar ese abismo que te tiene a ti de un lado y a mi del otro.

Y te escucho escuchándome, tocándome los dedos desde el otro lado del muro, mirándonos a los ojos desde tiempos distintos, con la vista al mismo mar pero otro; tan nuestro pero tan otro.

"Evidentemente, no puedo romper la pared con la cabeza, porque mis fuerzas no alcanzan para ello; pero me niego a aceptarla simplemente porque sea de piedra y yo no tenga fuerzas para romperla"


Pero no son pavadas
no son pavadas
cómo
si no son pavadas

Así...

sábado, febrero 07, 2009

"Mañana de quietos horizontes
junto al vacío estanque
de mi miedo:
hay un lugar oculto en tu mirada;
donde mi mano toca
nada encuentro
y es la soledad el fruto de mi juego:
amar lo que no ha sido,
temer lo que no llega

Y si hoy digo si a la vida,
mañana un horizonte destruirá la casa...
Y si hoy digo que no,
no habrá ni casa ni horizonte,
ni luz.

Sólo silencio.
y este indescifrable amor que siento
por lo que nunca fue,
por lo que siempre ha sido

Hay amor.
Esta fragancia incontrolable que nos daña
(donde nuestra soledad es una,
donde todo parece perpetuarse)
Y no digo sí
ni no;
yo soy el que espera
tu horizonte,
como un prisionero,
más allá de cuanto fuimos,
más allá de cuanto somos.

Mañana de quietos horizontes
junto al vacío estanque
de mi juego...
Esperando tu amor, tu olvido, tu silencio,
esperando tu amor.
Ahí,
donde nace mi miedo."

sábado, enero 31, 2009

viernes, enero 30, 2009

Algo de profético tiene que tener una canción como summertime... siempre una profecía escondida en el telar infinito de significados en los que me voy enredando, siempre la posterior alusión a la misma, jodidamente arrogante en mi trono de dador de realidad, falsedad.

"Hush, baby..."

No hay profecía alguna. No hay madeja de significados. No hay realidad apreciable en este cúmulo de sensaciones, deforme y lánguido, en el que he devenido. Sólo una seguridad cierta, fundada en la inseguridad total.

"Then you'll spread your wings"

No hay comentario de trastienda, ni dulcería poética, ni Nocturno de ningún lado. No hay conclusión semiótica ni deseo de saborear estas letras.

No es exorcismo.


de barro de barro de barro

de barro este terror enamorado

tirado al medio del suelo sembrado

y mientras pasa todo

y todo se hace nada

se asoma por los poros

el barro como lava

y mientras pasa todo

y todo se hace nada

se asoma por los poros

el barro como lava.[Chinoy]



esto es una ridiculez.

domingo, enero 04, 2009

Ontogenesia

Surge un río de ratas, no se de dónde río la rata surge y me sonrío de irme navegando. Me veo carcajeado burlado en el bullente caudal, chirriante, mordiente -dicen mis pies- que me saca de la nada que no he descrito y me lanza adelante. Veo al frente como se tiñe lentamente lo que creo y el dibujo se confunde en la ausencia de líneas. Me llevan más adelante, las ratas sobre sus espaldas sucias -cochinas, dice alguien, no se bien quién, alguien un poco al lado de mi oreja que gusta susurrar y que puede ser una rata. Quiero que sea una rata. Es una rata y se llama Crúor-. Crúor me toma de la mano y me lleva contra la corriente, el río se separa, no existe. Puro chillido y mordida es el río frente a su mano y la mía enlazadas. El costado del camino nos acoge y nos saca las vestiduras. Veo caer una túnica, una capa, un tricordio, un brazalete, una enagua dorada manchada con todos los colores, y manchada de rojo. Crúor me toma ahí mismo, sin susurrarme ya, sin nada más que una caverna frondosa en su entrepierna, un agujero que me traga completo y me tritura. Juguetean sus fauces y su lengua punzante en mis ojos, mis cabellos son quemados por el ácido que lo llena todo, soy regurgitado y vuelto a absorber. Parpadeo y es un animal salvaje que me grita, un animal como un perro, una flor, una tarta de frutillas dulces. Baila a mi alrededor pasándome la lengua por la lengua, tocándome las entrañas con sus manos que palpitan y colgándose de mi como si me poseyera, espíritu frenético que me explota encima como si muriera, con un grito y una mueca de dolor y placer que no pueden sino encantarme. Me deja inconsciente. En un momento siento todo saliéndome del vientre. Abro los ojos. Crúor está ahí y me sonríe, me alimento de su cabeza. Lloro frente al espejo que es el río hasta que de su cabeza no queda nada. Abandono el cuerpo a las ratas. Camino por senderos imposibles durante meses en los que no pienso nada, un largo hilo de saliva se extiende desde mi boca por todo el mundo y de él surgen otros como yo, uno o dos, no sé; puede que ninguno. El dolor se me hace insoportable, o demasiado exquisito. Ya no camino. Me quedó ahí inmóvil, como un árbol, móvil como un árbol. Comienzo a parir, durante semanas. De mi surgen ratas, todas las ratas, van saliendo desde mi pies, se forman, van juntas, dibujan un sendero o un camino sobre el camino del mundo. Miro a mi cuerpo desaparecer, volverse pequeño mientras las ratas salen y salen. Duermo un buen tiempo esperando que salgan todas, cierro mis ojos y ya no tengo piernas. Veo a Crúor y luego a mí.
Ya no vuelvo a abrir lo ojos.

domingo, diciembre 14, 2008

A lo que debo...

Escribir escapando a lo que debo, brioso y con las patas entumecidas, las manos congeladas y la mirada perdida, explotado el seño en el reflejo del vocablo: la inmensidad del camino del freno onírico y el paréntesis de piedra.
A tomar la tierra, los pétalos metálicos de la tierra y sus efluvios corales, la tierra y su locución de valle sombrío y su grito incontestable. El subterráneo límpido de la palabra en el azur oneroso, en el ocre que es bálsamo de tiempo para la mirada que sigue perdida, que se encuentra, se halla se aprehende y prende de las pestañas salvajes, escupitajo viril de un semental señero...

(la bala perdida, una abeja despotricando contra el techo de la habitación en penumbra (el tópico de la penumbra es recurrente, como si no quisiera escapar de la confusión de lo que no puede verse, de la afirmación de lo que se sugiere estéticamente más claro y hermoso que lo nos asalta con su reflejo, de aquel brillo que no le pertenece sino porque le fue otorgado, desde una mano gentil que presiona el interruptor que lleva a la creación (¿y así son también las palabras no?, preguntó el tipo que estaba programado para preguntar, justo antes de recibir el disparo mortal en la cabeza, y salir de si mismo en un efluvio de colores y sonidos inexplicables, en una belleza de sinceridad pura que lo transportó por un instante a lo más iluminado de la luz, allí donde el loto y los calvos juegan a la pelota tresvecespordia.

¡NO!, respondió el tipo programado para responder, mientras sus ojos se enrojecían por el humo de la pistola en la mano del tipo programado para disparar.), pero no lleva a la creación. Aquello está en el acto mínimo, en la conciencia de la distancia de mis labios a los tuyos o en el calor de mi deseo por acortar esa distancia, todo menos penumbra) la bala que se encontró en su identidad de mosca desaparecida, en su territorio de abeja transportada. La bala encontrada, disparada)

O apuntar con la boca, dirigir la ley de la prosopopeya a donde nadie le importe, a donde no sirva ni se sirva de quienes pretenden servirla en el banquete del cinismo; en la jugarreta verbal que es escribir sobre escribir, aportando más aire al desorden impávido-ingrávido-histérico de lanzar a manotazos el barro sobre las paredes.

Ese recordar con todos los músculos del cuerpo
apretar las sienes intentando asir, la transparencia
Oráculo de sentidos quemados, borrados, violentos
morir, angelicalmente, en la pretensión de vivencia.

Te lanzo así,
elocuciono     canto         grito        rezo    
                  declamo        pregono         fraseo         conjuro
       
Grito...
    ¡Grito en los oídos de todo el mundo!
Me meto los dedos a la boca y la hago crecer, la aumento, me vuelvo un gigante puro labios y dientes y lengua y garganta e inhalo... todo el aire del mundo inhalo para lanzarles un grito que los deje de rodillas
que los saque de sus rodillas como si fuera un martillo, un martillo megatónico decibélico
que los deje por fin abrir sus ojos
y fin.



miércoles, noviembre 19, 2008

Enigma

Mientras presionaba el acelerador lo suficiente para que Pablo se perturbara un poco en el asiento del copiloto, enunciaba la frase clave: Te lo digo, güevón. Esto de los sueños es así, te juro que ahora, por el solo hecho de pensarnos aquí los dos, en esta situación quimérica del auto y el velocimetro a 190, ingresamos al mundo onírico. Intenta nada más contorsionarte o subirte a un arbol acá adentro, llamar a un animal muerto o revolcarte en un lecho de rosas. Te apuesto que cantamos mejor que la Piaf y que nos salen así de fáciles unos pasos de lambada, hasta te pondría peluca rubia para la ocasión.
El cigarro se consumia en los dedos de Pablo, teñido en la boquilla por el púrpura suave del vino tinto. Con un ademán desafiante lo lanzó por la ventana sin acabarlo, como para sumarse al sueño en un acto aniquilante, que lo desenmascarara. Se rascó la cabeza con una sonrisa, sacó la lengua, risueño miró al reflejo de los ojos en el espejo y dijo sin más: pruébalo.
Se encontraron perseguidos por un par de minutos de silencio. El uno confundido, el otro triunfante. Por un momento la radio se silencio también. Ahí esperaron que diera el verde, compartiendo varios tragos de la caja de vino y encendiendo otro cigarro.
Luego, mientras presionaba el acelerador lo suficiente para que Pablo se perturbara otro poco en su asiento, se vieron adelantados por un tren de caracoles.

Nunca más hablaron del asunto.

jueves, octubre 30, 2008

Comunicación


La delicada línea que limita mis labios se aproxima a un movimiento. Comienza pensándolo, especulándolo, madurándolo lentamente. Las fuerzas las junta no sabe de donde pero se acercan y se acumulan juguetonas en torno a una porción de piel, a un músculo perezoso que comienza a animarse con la fiesta; que levanta sus brazos diminutos y se saca la modorra de los ojos lo más rápido que puede, mientras intenta escuchar las conversaciones y cánticos que ya están que desencadenan el baile, dando la impresión de que está todo como apunto de caerse por un precipicio. Los vecinos se despiertan asustados y, una vez enterados de todo, comienzan a embutirse en calcetines y faldas y pantalones y camisas con arrugas, mientras el tiempo ya no alcanza ni para ponerse un poco más de la colonia nueva que nos llegó del Asia Pacífico quién sabe cuando, pero que igual permite que nos perciban a cuadra y media de distancia las narices menos expertas. Las luces de la manzana se van prendiendo como si de bomba atómica se tratara con neutrones de aquí para allá, quién sabe por qué estimulo divino. El punto es que ya todos están despiertos y empolvados y en sus zapatos; todos aproximándose vertiginosamente al movimiento que nunca sabemos en que va a terminar. Se alistan los simulacros de sonrisas, los pasos de baile están a punto de ser dados y la expectación en todos lados es tanta que casi, casi se nos desmaya uno que otro y Luchito que no puede más y que va a pedir agua, pero nadie pide nada porque la línea ya está vibrando, apunto, apunto, apunto de moverse y todos al borde del llanto y la histeria hasta que nadie aguanta más y nos movemos todos. Casi al mismo tiempo y en diferentes direcciones estallan risas, llantos, bailes, caídas, toses, eructos, besos, caricias y etcéteras conformando una de danza clásica que ya te quisieras. Luchito que pide el agua y Pancha que hace la que no sabe, en tanto Luís y Fermín se ven separados por distancias infranqueables mientras a la línea ya no hay quien la pare en su movimiento febril y que nadie-pero-nadie entiende pero que tú y yo sí. Y tú me miras mientras pronuncio tu nombre lentamente. Ves la gota de sudor cayendo por mi rostro, el cansancio increíble de mis ojos por el esfuerzo sobrehumano de conjurarte. Y de pronto entiendo que entiendes. Me relajo y se relajan y todos entendemos que entiendes. Que la palabra te crea y nos crea frente a ti que no necesitas de esas cosas, que simplemente te me vienes encima con un beso dulce y casi irreal. Y te miro y nos entendemos, sé que nos entendemos.

¿Cómo expresarte? ¿Cómo volverte letra, si ya no haces más que mezclarte en todo lo que escribo; si poco a poco vas extendiendo tus pétalos y tus tallos y te empeñas en enverdecer todo lo que pinto? ¿Cómo sacarte de mi literatura si tus raíces están cada vez más cerca de su médula? ¿Cómo arrancarte de mí cuando has anegado mis venas, te has metido por mis poros y has brotado en mis huesos, has nublado mi vista e invadido mi paladar?
Te temo, te escapo, te violento y aun estás ahí. Dulce ilusión mía ¡Aun estás ahí!
Mi única salida (conjurarte en el texto, controlarte en la palabra, volverte dócil en el lenguaje y juguetear contigo en los inocuos campos del discurso) ya no es útil. Tus extremidades salen de mis hojas y me atacan, la tinta de mis lápices se subordina a tus designios y baila bajo mis ojos. Mis discursos todos me apuntan con el dedo y se ríen ¡Me lanzan baldadas de lodo y se ríen!
Mientras tú te me apareces al frente como si nada pasara con tu cigarro entre los dedos y tus labios carmín y ¿qué más me queda?... en nombre del tiempo mismo ¡¿qué demonios más me queda que ofrecerte fuego, un beso en la mejilla y un alhelí?!



Una foto saliendo como desde otro mundo dado lo anterior del momento tomado (y más anterior ahora, q es años despues del último) y las diferencias fundamentales que la encarcela en un estrato distinto, en una aglomeración un poco más burda y hermosa de parametros normadores. Hoy hablaba con alguien de rebotar en las paredes autoimpuestas como única norma posible de avance o retroceso. El acto de rebotar implica mucha energia como tal. Pero realmente lo más descabellado del caso es la necesidad imperiosa de elegir entre las millones de combinaciones posibles para rebotar de tal o cual manera. ¡Pero yo quería esta!, ¡Y esta!, ¡Y esta!... descabellado y por muchas otras razones hermoso, fragil y emocionante es el acto de elegir, de avanzar con un tricordio en una mano y una espada en la otra lanzando heridas y disfrutes a todo quien se nos cruce. La invariabilidad de la vida y la tontería del ser se nos presentan como si fueramos jueces divinos y piadosos. ¡Pero no podemos escapar hacia el solipsismo!, aunque la perspectiva de la relativización total en función del ser como yo-ser puede ser hermosa y práctica a primera vista no podemos abandonarnos simplemente evadiendo una sociedad que reclama sedienta nuestras entrañas. El ser-en-el-mundo, el dasein, aunque poco desarrollado realmente por Heidegger en su estructura ser-mundo, nos muestra una realidad que en este momento me parece ineludible (o quizás si, pero... eludible a qué?), la sociedad nos arranca pedazos, los tritura en sus fauces indómitas y los regurgita en un bolo de apariencia desagradable y putrefacta: ¡pero es nuestro bolo!, somos nosotros en nuestro ser más completo, la dependencia del yo y del super-yo son prueba fehaciente de ello. Los metarelatos nos han abandonado dejandonos casi en el aire, dejando un vacio angustioso que se siente como ausencia y como ex-presencia. Lo más facil es caer pero, debemos? "No somos más que la suma de todos nuestros actos". Error, somos la suma de nuestros actos y de los del resto del mundo. Aunque tan equivocado quizás no... creo que en las etapas últimas todo se mezcla armoniosamente, todo es divinidad y mugre.

miércoles, octubre 29, 2008

Hoy hablo desde el otro, porque ya es tiempo de que el otro se canse de hablar desde mí y para mí y para él, ya es tiempo de que yo hable para mi desde él, porque la verdad ¿Que podría yo llegar a ser si no puedo ser desde él el que soy? Y aún más importante, ¿Por qué calles podría yo caminar, por qué vacios podría yo divagar si no fuera él el que realmente caminara desde y para mí? ¿Donde llegaremos los dos en este ir siempre hacia uno, en este venir siempre hacia los dos?


Rescatando

sábado, octubre 25, 2008

Me da risa esa forma que tienes de irte
con una conviccción silente
un abandono a la respuesta, a la comunicación
una forma solitaria de quitarse
de todos lados
como si negaras el derecho de quedarnos en el mismo lugar
cerrar el espacio, apretar el gatillo
desaparecer, desaparecer así no más
en un velo en un adios en un pasillo
llevada por tu sentencia final de verdugo
a una profundidad de retazos oscuros
Desprecio la rima involuntaria del final
pero es así como suceden las cosas ¿no?
las cosas y las despedidas.

Mensaje de texto a Catherine

El pueblo se remece
en la inscripción sobre el muelle nocturno.
Asegurar debemos la constancia
la palabra y el sentido del mango de hacha.
Toma tres cuentas de rubí
y acércalas a los zócalos de la tierra.
La respuesta será sublime,
la voz vendrá de los pasos y no
deberás correr, Catherine,
hacia mi, no deberás jamás correr.
Tengo un vacio de abrazo desarraigado. En la imposibilidad y la potencia desarraigado. Como si tomado en puñados, mordido, aplastado con la furia inyectada de sangre de un moribundo, con la melancolía infinita de un moribundo en la puerta del callejón cerrado. Soy el grito más fuerte del valle pero se me enredan piolines desechos, pelusas acabadas, patas de paloma y susurros quejumbrosos. Choco con la pared malsana y gelatinosa de la imposibilidad total, de la enemistad y la distancia y me lacero los brazos con la indiferencia infinita de lo no comunicado, la indiferencia de lo que nace de la boca sorda con aspiraciones corales. La aspiración de las silabas infinitas de tu nombre y el mio en ese otro choque; el que es una daga en el cuello, el que nos deja las cabezas colgando, amarradas la una a la otra, en una figura caótica y hermosa de la verdad. La palabra que nos crea, esa dicha en plural. Esa que todo lo troca en todo.

viernes, octubre 24, 2008

La faz del trabajo

Siempre llega el momento. Justo despues de aquel otro que parecía ser la confirmación del exacto opuesto del que sucede justo ahora. Y es que no podemos pensar que la realidad nos va a calzar así como los jeans desgastados o el anillo al dedo. Pasa que miras el pedazo de realidad en que estás inmerso y en donde debes escribir un par de vocablos que en algunas mentes significarán pájaroverde, manzanazul, cuelloespalda-besopiel y en otras serán letras cirílicas, aproximaciones en esperanto a un concepto que parece estar ahí tocándonos las nariz. Pero no habrá nariz ni aproximación.
Decía entonces del momento.
Es cosa de ponerse una gorra que jamás hayas visto, ¿no?
Es sólo derramar la tinta y firmar -dirá otro.
Quizás es cosa del vino y la inconsciencia, si conscien.
Se me cae el muro de los lamentos encima, en una súplica de coraza verde. Me susurra al oído una plegaria pastoral que encierra obscenidad. Me ilumina el foco sobre la tumba del poeta inquisidor. Sus ojos me miran en desafio y en pena, menos en desafio.

A veces me gusta sacar un lapiz del bolsillo y desnudarme frente a una fuente vacía, colgarme, pegarme, a una estatua de piedra y simular una victoria helénica o una masacre de pueblo originario.

A veces dejar la espada en el suelo y ofrecer mi pecho como un bosque poblado, irsuto y cerrar los ojos en rendición sincera.

A veces el texto no es un fragmento.

domingo, octubre 19, 2008


Sobre la ausencia

o

El nacimiento de la palabra no dicha.


Basta enfrentarla mirándola a los ojos, guarecerse bajo el techo indiferente de su presencia mientras te pones el ropaje del aquí-no-pasa-nada para notar que algo no va bien. La inspección detallada de su semblante te comienza a poner los pelos de punta. Esa forma avasallante de establecerse como otro, arrebatando un espacio que veías otro pero sabías tuyo, altera tu ánimo, te pone en frente un montón de paredes prácticas desde las que emprendes el cuestionamiento de la máscara que te cobija; y eso que esto aún es el segundo atisbo.
Una vez eliminado el proceso de reconocimiento y desligación corporal, te asalta una presión que no creías posible. Tus aspiraciones de llanero solitario o gaucho despreocupado caen primero y comienzan a llevarse consigo, al principio, tu timidez frente a ti mismo, y luego, una serie de apreciaciones establecidas como hitos en tu historia lineal, que terminan por convencerte de que aquella cuenca vacía frente a la que la distancia te puso, aquella rutina siempre en mutación a la que te tiene acostumbrado el objeto sin distancia que ahí solía posarse, que ahora se dibuja como recuerdo acalorado y lentamente va pasando a aspiración neurótica, aquella cuenca que acusa la desesperante ausencia puesta frente a ti… es, está (nadie sabe por medio de qué transposición intergaláctica o capricho nigromántico) en ti.
El problema de que tu ausencia se vuelca entonces a la operación de sacarme pedazos y pedazos mediante la gigantesca y cruenta zarpa de sentirme extrañándote, a cada letra de palabra escrita, a cada soplido de burbuja o deseo incontrolable de abandonarse al grito silencioso.
Millones de brazos se lanzan en una búsqueda desenfrenada para pillarte en este juego tan sadomasoquista y bélico en el que nos metimos. Las lógicas se desnudan para quedarse muertas a nuestros pies; porque ya nada funciona. Los sabores se van eliminando de a poco frente a lo imposible que se vuelve compartirlos con tu lengua tan lejana. Las visiones del mundo se entristecen e intentan transformarse en una especie de mnemoteca ambulante en mi conciencia para ver si puedo llegar a recrearlas mientras tomo fuerte tu mano, mientras deslizo lentamente mi dedo por tu vientre, apenas levantándolo para construirte una segunda piel, solo mía frente a esa piel que es también mía.
De puro egoísta y pendejo te construyo segundas partes para tener más y más de donde alimentarme, para anegarme aun más de ti… y es que no me canso.
Toda esa construcción, todo lo que eres y eres para mí comienza a rodearme. Me sube desde los dedos de los pies hasta pegárseme a los labios, hasta envolverme y arrastrarse por mi garganta como si serpiente blanca, como si gusano multicolor, como ahogarse en un té de frutillas con una sonrisa y un beso. Y esto que me sube endulza todo al contacto y vuelve el exterior cada vez más amargo, por contraposición, ya sabes… ya sabes. Porque si no estás aquí, dónde hallarte sino en lo que de ti queda en los vellos de mi cuerpo, en los bordes de mis labios y en la desesperación de mis dedos que sin ti no tienen ocupación. Mi cuerpo te reclama, como si no estuviera contento sin poder mirarse junto a ti, en esa amalgama tan hermosa que son nuestros cuerpos entrelazados, nuestros alientos danzando por la habitación inundada de la luz que nace de nuestros ojos frente a frente, de nuestros juegos de cíclope, y ese incienso voluptuoso y único que se impregna en mis paredes y mis ropas, en mis labios y mis recuerdos.
La mera aproximación a eso que los dos somos, a eso en lo que devenimos al momento en que nuestras lenguas hacen contacto una con la otra, y sus ataduras se rompen y empieza algo ya fuera de nuestro control, algo que se asemeja más al clamor de una deidad que al abrazo mortal, la mera aproximación a eso me entierra un gigantesco puñal por todo el cuerpo, me hace desearte instantáneamente y como un orate y me arroja a la impotencia de no poder de hacerlo. De tenerte sólo como esa ausencia frente a la que me enfrento, ahora con los brazos caídos y en espera del golpe de gracia, sólo como esa ausencia que se hace presente en la mutilación de mi cuerpo y mi mente, esa ausencia que sólo me queda trocar en esperanza de su propio fin.

martes, octubre 14, 2008

Paraiso Perdido (o el conflicto de las puertas)

A las ocho de la noche salía de su departamento en el céntrico barrio Bulnes vistiendo ropas ligeras. Llevaba en los bolsillos unos cuantos pesos, un poemario pequeño de Milton y un manojo de llaves. Enfiló hacia la banca en la que se juntaba con sus amigos y esperó un par de minutos mirando el cielo púrpura de las luces santiaguinas. Tenía catorce años y la inquietud despreocupada de quien quiere sentirse vivo.
Bastaron un par de minutos para que apareciera Gonzalo, de trece años y Pepe, cinco años mayor. Traían sonrisas grandes y un paquete de cigarrillos que compartieron en ese momento.
El plan era reunirse con tres muchachas de los alrededores y acompañarlas con un par de cajas de vino. Sólo Pepe las conocía y se encargaba de exaltar sus virtudes femeninas. Advertía que una de ellas sólo poseía una discreta sensualidad pero que la suerte y el talento decidirían por ellos quién se quedaría con quien.
Se dirigieron primero a la botillería. La más conveniente estaba llegando a avenida Matta, en territorios de una pandilla a la que de ninguna forma podrían enfrentar, pero la noche estaba para cosas grandes así que decidieron tomar el riesgo. Afortunadamente no tuvieron inconvenientes. A lo lejos vieron un enfrentamiento entre un grupo de jóvenes y apuraron el paso, pero ya nadie podría alcanzarlos.
Pasada media hora llegaron al edificio de las chicas. Se hicieron las presentaciones y supieron que debían llamarlas Morena, Claudia y China. La última era la menos agraciada y pareció prenderse inmediatamente de Gonzalo, quien tenía la fama del más apuesto. Las otras parecían tímidas pero tenían la voluptuosa mirada de quien ya se adivina mujer, y el cuerpo para legitimarlo.
Estaban decididos a reunirse en una plaza si no aparecía la casa de alguien, pero la suerte les hizo de esos regalos que nunca terminan de creerse: descendiendo desde el departamento de una de las chicas, encontraron uno con la puerta en condiciones que les extrañaron. Uno de ellos se acercó y con un simple impulso logró abrirla. El lugar estaba inhabitado y carecía de mueble o servicio básico alguno.
Eufóricos ingresaron. Riendo descontroladamente al punto de lanzarse al suelo. Aseguraron la puerta lo mejor que pudieron y empezaron a abrir las cajas de vino bajo la luz tenue de sus cigarrillos encendidos. Varios litros y cajetillas más adelante, se animaron a jugar esas excusas para terminar besándose sin control ni compromisos. Primero retraídamente iban quedándose más tiempo de lo normal en los ojos del otro, la duración de los besos iba creciendo exponencialmente y comenzaban a utilizar la imaginación excitada por la gran casa vacía para repartirse por las habitaciones. Gonzalo y China ya rodaban por el piso del living sin preocuparse por nada, perdiendo prenda tras prenda. Claudia y Pepe se besaban aletargados en la cadencia dulce del vino, rodeados por las cajas vacías. El otro y la Morena tenían sus cuerpos y bocas unidos en un abrazo brioso sobre el asiento del baño.
La noche transcurrió lenta y les dio tiempo a todos para separarse antes del amanecer. Sin un beso o siquiera una mirada distinta de la que se dieron al conocerse, volvieron presurosos a sus respectivos hogares.
Él subió casi corriendo las escaleras de su edificio, emocionado por los hechos recientes. Se plantó frente a la puerta y metió las manos en sus bolsillos. Fue ahí donde la fatalidad lo alcanzó: en sus bolsillos halló apenas el escrito desvencijado de Milton. Ni rastros de las llaves, tampoco dinero alguno. Su padre tampoco despertó por más fuerte que golpeara
El manojo que abría su puerta jamás lo volvió a ver, tampoco a la Morena o a ese departamento de fantasía. Durmió esa noche arrojado en las escaleras y leyendo el poemario, antes de dormirse alcanzó a terminar un fragmento: “Aquellas llamas no despedían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza.” Se cerraron sus ojos y ahí quedó.

viernes, octubre 10, 2008

Cartografía del tropiezo

Digamos que usted toma el pomo de la puerta, toma el pomo de la puerta con su mano izquierda. Con su mano izquierda toma el pomo de la puerta (usted es diestro). Digamos que lo toma y lo hace girar, primero hacia el lado equivocado, que es el equivocado en este momento en que quiere saber qué hay detrás de la puerta. Deciamos, entonces, que usted quería ver qué hay detrás de la puerta y giró el pomo hacia el lado que no debía, resultando en un movimiento inacabado de su mano izquierda, un movimiento que la puerta y el pomo absorven y van a dejar quién sabe donde (quizás del otro lado de la puerta). Le han robado un movimiento, ha permitido que le roben un movimiento y maldice a los ingenieros por no poner un aviso indicando el lado correcto de girar el pomo; por supuesto, usted está indignado y se decide a abrir la puerta hacia el lado correcto. Separa primero la mano del pomo y se planta frente a la puerta intentando ganar compostura. Reacomoda su corbata y se mete un extremo de la camisa que había escapado del pantalón. Palmetea sus bolsillos asegurándose que se encuentren sin contratiempos las llaves del auto, la boleta del supermercado en el que compró el chocolate que se va derritiendo en el otro bolsillo, donde hay también un montón de billetes y una batería húmeda que halló en un charco bajo la lluvia. Todo está en su sitio, o parece estarlo. Pero a usted aun le pesa en el cuerpo la ausencia de aquel movimiento que terminó en nada, que fue un malentendido rodando por una escalera hacia el sótano, que buscó por dias sin siquiera avistarle un zapato o la punta de la nariz. Digamos que usted toma el pomo de la puerta, lo toma nuevamente y esta vez con la mano derecha, lanza un rezo al aire (tiene que aguantar las ganas de santiguarse) y gira el pomo ahora para el lado correcto, el lado que abre, lo gira primero lentamente, luego con brío mientras forcejea hacia adelante y atrás en la desesperación que produce luchar con lo innamovible. Al cabo de unos minutos usted se rinde, se sienta frente a la puerta, jadeante, con el rostro relajado y la mirada inyectada de sangre, fija en el dorado pomo que dispersa y aliena el reflejo de sus ojos. Una mancha oscura se dibuja y va escapando de uno de sus bolsillos mientras los músculos de su cuerpo se dibujan y parecen querer escapar de sus ropajes sudados. Este es el punto clave, el instante en que las opciones son un abanico infiníto que podría arrojarlo a usted fuera de si mismo, usted lo intuye y se saca la chaqueta del terno por respeto a la solemnidad del momento, se arremanga la camisa y suelta la corbata relamiendose los labios frente a la proximidad del destino, se pone de pie lentamente y mira alrededor: dos puertas, una frente a otra, un cenicero de pedestal con una montaña de ceniza, un niño acostado en una esquina con los ojos y la boca abiertos que lo miran directamente a los ojos. Entonces está usted, el pomo, las puertas y la gran duda. Se arroja al suelo intentando mirar al otro lado de la puerta y sólo logra ver una luz tenue, muy tenue y unos zapatos de baile, no alcanza a ver si los lleva alguien puestos. Exclama algunas palabras que debieran significar algo proyectándolas por debajo de la puerta sin resultado alguno, golpea con sus puños la puerta, ambas puertas ahora, con el cenicero ahora esparciendo de paso una nube blanca que se estaciona en el aire de la habitación y comienza a inmiscuirse en su respiración, agitándolo cada vez más en la desesperación de la innmovilidad, nuevamente en la innmovilidad que se le va pegando al cuerpo por partes, lentamente, en sucesión vigorosa y disimulada que ya no le permite cerrar los ojos, que le va petrificando la quijada y estableciendo una escultura en su cabellera ahora blanquecina. La presión de lo inevitable comienza a actuar en su cabeza y de golpe comprende, de golpe se aparece una imagen perfecta de lo que hay del otro lado; pero el tiempo se escapa, ya comienza a oirse un susurro desde la puerta y hay q dejar un testimonio, si usted no puede alguien podrá y toma la boleta del supermercado y escribe apresuradamente, la boleta es infinita y el chocolate cumple perfecto su función de lapiz, y va poniendo palabra tras palabra extendiendo los conceptos para que en la mente del siguiente se forme el dibujo necesario para comprender, el necesario punto para que la fatalidad no alcance su cometido y se arroje todo por la borda, el requerimiento de una pared que le permita la palabra y la acción que todo pondrá en su lugar. Y ya va usted llegando al final de su texto, de su testamento, de su plegaria, con los últimos restos de chocolate escribe febrilmente sabiendo que ya, que ya. Entonces está usted, el pomo, el texto, el cenicero y la nube. La puerta se abre y el texto termina.

viernes, octubre 03, 2008

A ti, que de la forma más graciosa posas tus ojos sobre lo cotidiano, como quien posa el dedo de la creación sobre la creación, que posas tus ojos innombrables sobre lo cotidiano y nombras desde lo profundo de los abismos las piltrafas que el mundo sacrifica a tus pies. A ti, querida, que de aquella imperfecta voluta de vida arrancas la sonoridad tenue, la posibilidad titánica; que tapizas los jardines de la ignominia con un resbalo de tu pluma santa, que obligas a los jardines a maquillarse de adjetivos, a volverse vida y teñirse de sangre, de sangre y teñirse de vida. A ti, a ti, a ti, te canto; porque tu pequeña gigante figura se me vacía de la piel, y no puedo si no llamarte en la desolación de mi jungla de temores, y no puedo si no llamarte en la llama del frío puñal que arrastro en la espalda desojada de este camino que vas volviendo edén, que volviste y volviste a volver, edén.

Te canto, te canto, te canto; te aúllo en la pretensión de devenir presencia y tenerte enfrentándome, y deslizar esta mano ulcerada por los carmines de tu boca, y atraerte a mi pecho plateado que es mar, anudarte en mi dedo meñique que es tiempo, empaparte en la imposibilidad del llanto que es la carne que se me escapa y que por ti expando por mi casa y por mis campos; por ti, por ti, canto, me arranco los párpados y las uñas, las arrojo a un costado de las vías del tren y me afronto desnudo a tus manos; las defino egoístamente, las dibujo presuntuosamente, las beso… atrevidamente para que de ellas solo puedas sacarte en mi.

jueves, agosto 21, 2008

Creación

Mephisto said: you can only shape yourself by your own action. You must keep on creating. Only during the creation, the model of the mysterious beauty would recur. Everything has to start from nothing, from listening to the rhythmical sound in the darkness… You won’t be able to be God of endless spiritual experience. The attracting mind, the saddest appreciation, the obsessed abhorrence, the pleasant disgust, all won’t be able to change you. You'll finally find out: what you are will eventually be what you are...

----Faust

creación

martes, junio 03, 2008

Forclusión

Del rechazo de un significante primordial. (Texto pretérito relacionado con la lectura de un texto de Lacan en el metro. Creo que ajusta y aprieta.)


De cualquier forma, el frío de hoy es increiblemente agradable y solo me dan ganas de vivir sobre un arbol y esperar.
Pero qué y porqué?
Porqué motivo el remolino incipiente de ideas y sensaciones se agolpa y enmaraña en algo que creo podría interpretarse como abertura a lo cotidiando, como praxis inevitable, como tajo innominable en la sádica y maquiavelica forma de girar de la bendita rueda infinita, de la malsana serpiente cíclica que nos envuelve de una u otra forma en el pensar i/lógico, que nos termina separando de la paradoja, de la afirmación de ambos términos a la vez, de el "tirar" hacia dos lados al mismo tiempo sin miramiento ni contemplaciones que escapen al impulso mismo, al "ello" como sapiencia, orden formal y agente del correlato mimético del ego-yo (Un mellizo preñado de delirio. El día y la noche.), como desorden estructural y dislocación de los enunciados? Es como si el mensaje que envio y el trasfondo del mismo se fundieran para formarse en algo que realmente no es, como si las particulas entre los 2 interlocutores estubieran manchadas de algo que no puedo definir, de algo que no debe ser definido pero que hace tanta falta.



La verdad ya no sé si realmente no sé, la realidad se me deforma de cuando en cuando como si centenares de prismas me atacaran malintencionadamente... saber o no saber... ya no sé si ese es el dilema o todo pasa por algo mucho más orgánico, algo con mucho más sabor a manjar y a mermelada de frambuesa, a baba de caracol en la hoja o a la hoja y la baba y el caracol como un ente único, inseparable, como si no pudiera vislumbrarse algo sin lo otro y cualquier cambio en el fondo o la superficie o el grueso de la estructura mandara todo inmediatamente abajo, a cuajarse en quién sabe qué dilema o alegría...
Sabrás tú?

miércoles, mayo 14, 2008

Lo real

Hoy pensé en la increíble cantidad de cosas que desperdicio desde el punto de vista literario. Mi relación con Daniela, por ejemplo, es riquísima en poesía, la literatura se nos escapa por las orejas, brota de nuestros dedos, deseosa de ocupar el mundo; sin embargo la dejo ir. Engrandezco el momento y me inundo del acto, lo vivo completo, me abandono a su cadencia pero al momento de volver a la realidad no dejo una prueba en el mundo, no me decido a dejar, como decía Miller, "una cicatriz en el mundo".

Antes solía asegurar que mi deseo de trascendencia era nulo. Que la imposibilidad de no existir, de no ser en un futuro, volvía baladí el deseo de transgresión de la órbita propia. Sólo el reconocimiento y engrandecimiento del self serviría a los motivos de "llegar a ser el que se es", la aspiración de trascendencia a nivel histórico, exterior, sólo era una expresión deleznable de un egotismo infinito, a la vez una replicación de los deseos de superación de la imagen paterna mediante la construcción de un yo idealizado y puesto en escena como un símbolo, reemplazando la realidad personal invariablemente dirigida a la muerte y el olvido. (cuando hablo de la imposibilidad de no existir, lo digo casi desde un punto de vista físico, a la manera de "La Nausea" de Sartre)

Las culturas occidentales son las únicas en las que el yo permanece como parte importante de la realidad, la ecuación chomskyana del sintagma nominal+sintagma verbal+objeto resultando en la diferenciación figura/fondo, la puesta en crisis de la realidad para la aparición del yo, brotando desde la superficie en tensión e intentando dominarla. El induísmo ni siquiera tiene un vocabulario para referirse al yo, para nombrar el sujeto se debe recurrir a 6 sujetos distintos, el Kartr como soporte, Karman como objetivo, Karana como instrumento que lleva al resultado, Sampradaña como destinatario al que se liga el objetivo, Apadana como origen y Adhikarana como locación. Todo eso es reemplazado en el egocentrismo occidental por un YO, gigante, aplastante. ¿Será entonces necesario un desplazamiento del deseo de trascendencia desde el yo-sobrevivo hacia el yo-hago-sobrevivir?

Al eliminar el yo de la trascendencia lo que supera las barreras es superior a él, es una sustancia más pura y libre, puede juguetear con los albores de la creación y la poesía sin ataduras mortales, sin lastres humanos, sin cadáveres, cáscaras de un self inutilizado por la influencia de lo real, de la razón, de la ciencia, de la palabra. Pero eliminar el yo ¿En qué medida es posible?

Artaud ya lo intentó con el renacimiento, la elección del momento de nacer, del nombre, del padre, del cuerpo, de la familia. Pero necesitó suicidarse para hacerlo, inmolarse en el opio, la locura, la crueldad y finalmente se estrelló contra la pared de su individuo, despertando la misericordia de los cuerdos en una actuación final formidablemente terrible, donde bajó del dios-mago, del loco-genio a la decrepitud del anciano adicto y neurótico. El suicidio de la imagen por la prolongación de la obra, el renacimiento elegido para poseer la muerte, morir para que la obra renazca a su elección. Es entregar la vida, más bien es crearla a partir del suicidio. Expresión más pura y bella de la facultad creativa del caos y la destrucción.

Aun si llego a esa respuesta no puedo dar pasos seguros. La creación de un objeto artístico autónomo mediante la vía del suicidio es un acto final, un cierre a la existencia. Para poder expresar lo que vivo día a día necesito ser, al menos, el receptáculo de las experiencias. Jamás renunciaría a vivir, mi existencia es demasiado grande y mágica y hermosa como para acabarla en un objeto, como para expresarla en palabras. Hay estados de tal paroxismo poético con Daniela que no podemos sino llorar de felicidad, darnos de golpes contra las paredes y abrazarnos hasta enrojecer. A veces creo que debemos matarnos el uno al otro, que no hay en la vida algo tan grande como para equipararlo y nombrarlo en relación a esto, no hay metáfora posible; el signo se escapa, sólo se adquiere mediante intuición, es como un bosque lleno de ojos nocturnos, es la noche estrellada de Chesterton, un tótem simbólico que no remite a ninguna figura psicoanalítica, es vivir, vivir totalmente liberados, sonrientes, peligrosos, lejos de la realidad, en un estado mental alienado, maravillozo, surreal.
¿Podemos volverlo real por la palabra? ¿Debemos?

Un sueño: La intensidad que te ilumina al abrir los ojos tiene matices azules, suaves, penetrantes que parecen nacer desde el cuerpo nimbado en el que te ves habitando. El lejano viento juega presuroso con la cabellera, que recien reconoces y ya comienzas a extrañar, con la certeza lúcida del que conoce su futuro por un método incógnito. Tus extremidades, como infinitas sábanas agitadas por el tiempo, se extienden fuera de tu control recorriendo campiñas y bosques, sumergiendose en el mar para coquetear con las silentes anémonas, escondiéndose detrás de las rocas para meter de sorpresa sus dedos en las bocas de los delfines, emergiendo de un salto hacia el cielo para refrescarse con el aleteo del sol en sus cuerpos níveos. Tus ojos, ahora perdiendo la transparencia que los fundía con el índigo, se empecinan, un poco a regañadientes, en crear las murallas que acortan tus miradas, definiendo los hilos que se pegan a tu cuerpo y se tiñen de carmín, de ocre, de glauco en la consciencia del color que refleja el destello encegecedor del sol.

viernes, abril 25, 2008

Servicio de Urgencias de la Universidad de Chile

La sala de espera duerme en un estoicismo resignado, al son del compás monótono de una impresora que, sin jamás detenerse, llena los bonos con datos casi sin importancia. Cuerdas invisibles se adivinan brotando desde las sillas y envolviendo a sus ocupantes, apresándolos en la impotencia del que tiene todo que perder. El lugar lleva un escudo discreto de la Universidad de Chile en su fachada, la palabra “Urgencias” lo acompaña en un azul deslavado y triste, como las paredes y el piso, como los rostros y los ánimos.
Dos filas nacen desde las ventanillas empotradas en una esquina y terminan a una distancia de diez personas más allá. La atención es por orden de llegada repite al mismo ritmo de la impresora una señorita de verde. Las palabras chocan con los ojos de los pacientes que se saben últimos y que intentan no escuchar, los otros los levantan como si se arremangaran las camisas y comienzan ya a ser parte de otro grupo, del mundo al otro lado de la puerta de espera.
Una anciana cuenta animada a una joven rendida que la juventud ya no respeta, que los viejos saben tanto y que ella cuando joven tampoco lo creía, pero que la vida se lo había mostrado tantas veces ya; que le contara no más sus problemas, ella era una tumba y además tenía Alzheimer, asimismo era tan vieja y honesta y buena. La joven se viste con una sonrisa de hastío, abandona el cuaderno en el asiento de al lado junto con sus esperanzas de seguir estudiando, y se pone a contarle lo del dolor de cabeza y el stress. El cuadro es casi una caricatura.
Cruzando el delgado pasillo que separa a los adultos de los niños el silencio es mayor. Aquí la impresora y la señorita de verde apenas se escuchan, las madres mantienen a sus hijos bien pegados al cuerpo, contemplándolos con ternura como si replicaran algún lienzo de Rafael. De pronto alguna siente la necesidad de hacer un comentario y las voces de todas comienzan a sumarse y el clamor a crecer, algunos niños en ese momento se arrojan al piso, libres ya del abrazo amoroso y empiezan a caminar, a entablar relaciones fugaces con los que comparten sus dolencias, mientras los mas enfermos se alojan aún en los regazos tibios y miran el acto con desconfianza y cierta envidia.
Una señora se levanta de su asiento cuando en su rostro lo que se eleva es la indignación. Camina decidida y golpea una puerta con su retoño de la mano; el niño no tiene más de dos años, lleva un gran parche blanco en la cabeza y un rostro entre curioso y aburrido. La mujer que aparece por la puerta está bien vestida y se identifica como la asistente del pediatra. La señora con el niño del parche le explica que la semana pasada pago cuarenta y cinco mil pesos para ponerle un pegamento a la herida de su hijo y mire ahora como está de abierta. La asistente le cuenta con frialdad que la opción es volver a realizar el procedimiento pero que tiene que pagar nuevamente. La señora ya desesperanzada parece que está entre llorar y gritar porque cómo va a pagar eso, que ella no tiene, no alcanza, no puede.
Los clamores del resto se callan por un instante, las miradas se posan en la escena mientras las manos dan la impresión de apoyarse en los hombros y la sala completa se suma en silencio al reclamo, hasta la impresora parece haberse trancado por un segundo. La asistente bien vestida parece disminuirse y apagarse de a poco. Da media vuelta rápido y dice que ya, que pase no más, veamos con el doctor qué podemos hacer. Las conversaciones se reaniman como si nada hubiera pasado, hasta con un poco de recelo por la señora que entró antes que ellas, porque en este país nunca nadie escucha con querer y nadie siente pena por el que ya cruzó por la puerta. Al otro extremo del pasillo la impresora seguía en el mismo tono, en el mismo ritmo y la señora del Alzheimer comenzaba su historia nuevamente, en el mismo tono, en el mismo ritmo.