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sábado, octubre 25, 2008

Tengo un vacio de abrazo desarraigado. En la imposibilidad y la potencia desarraigado. Como si tomado en puñados, mordido, aplastado con la furia inyectada de sangre de un moribundo, con la melancolía infinita de un moribundo en la puerta del callejón cerrado. Soy el grito más fuerte del valle pero se me enredan piolines desechos, pelusas acabadas, patas de paloma y susurros quejumbrosos. Choco con la pared malsana y gelatinosa de la imposibilidad total, de la enemistad y la distancia y me lacero los brazos con la indiferencia infinita de lo no comunicado, la indiferencia de lo que nace de la boca sorda con aspiraciones corales. La aspiración de las silabas infinitas de tu nombre y el mio en ese otro choque; el que es una daga en el cuello, el que nos deja las cabezas colgando, amarradas la una a la otra, en una figura caótica y hermosa de la verdad. La palabra que nos crea, esa dicha en plural. Esa que todo lo troca en todo.

viernes, octubre 24, 2008

La faz del trabajo

Siempre llega el momento. Justo despues de aquel otro que parecía ser la confirmación del exacto opuesto del que sucede justo ahora. Y es que no podemos pensar que la realidad nos va a calzar así como los jeans desgastados o el anillo al dedo. Pasa que miras el pedazo de realidad en que estás inmerso y en donde debes escribir un par de vocablos que en algunas mentes significarán pájaroverde, manzanazul, cuelloespalda-besopiel y en otras serán letras cirílicas, aproximaciones en esperanto a un concepto que parece estar ahí tocándonos las nariz. Pero no habrá nariz ni aproximación.
Decía entonces del momento.
Es cosa de ponerse una gorra que jamás hayas visto, ¿no?
Es sólo derramar la tinta y firmar -dirá otro.
Quizás es cosa del vino y la inconsciencia, si conscien.
Se me cae el muro de los lamentos encima, en una súplica de coraza verde. Me susurra al oído una plegaria pastoral que encierra obscenidad. Me ilumina el foco sobre la tumba del poeta inquisidor. Sus ojos me miran en desafio y en pena, menos en desafio.

A veces me gusta sacar un lapiz del bolsillo y desnudarme frente a una fuente vacía, colgarme, pegarme, a una estatua de piedra y simular una victoria helénica o una masacre de pueblo originario.

A veces dejar la espada en el suelo y ofrecer mi pecho como un bosque poblado, irsuto y cerrar los ojos en rendición sincera.

A veces el texto no es un fragmento.

domingo, octubre 19, 2008


Sobre la ausencia

o

El nacimiento de la palabra no dicha.


Basta enfrentarla mirándola a los ojos, guarecerse bajo el techo indiferente de su presencia mientras te pones el ropaje del aquí-no-pasa-nada para notar que algo no va bien. La inspección detallada de su semblante te comienza a poner los pelos de punta. Esa forma avasallante de establecerse como otro, arrebatando un espacio que veías otro pero sabías tuyo, altera tu ánimo, te pone en frente un montón de paredes prácticas desde las que emprendes el cuestionamiento de la máscara que te cobija; y eso que esto aún es el segundo atisbo.
Una vez eliminado el proceso de reconocimiento y desligación corporal, te asalta una presión que no creías posible. Tus aspiraciones de llanero solitario o gaucho despreocupado caen primero y comienzan a llevarse consigo, al principio, tu timidez frente a ti mismo, y luego, una serie de apreciaciones establecidas como hitos en tu historia lineal, que terminan por convencerte de que aquella cuenca vacía frente a la que la distancia te puso, aquella rutina siempre en mutación a la que te tiene acostumbrado el objeto sin distancia que ahí solía posarse, que ahora se dibuja como recuerdo acalorado y lentamente va pasando a aspiración neurótica, aquella cuenca que acusa la desesperante ausencia puesta frente a ti… es, está (nadie sabe por medio de qué transposición intergaláctica o capricho nigromántico) en ti.
El problema de que tu ausencia se vuelca entonces a la operación de sacarme pedazos y pedazos mediante la gigantesca y cruenta zarpa de sentirme extrañándote, a cada letra de palabra escrita, a cada soplido de burbuja o deseo incontrolable de abandonarse al grito silencioso.
Millones de brazos se lanzan en una búsqueda desenfrenada para pillarte en este juego tan sadomasoquista y bélico en el que nos metimos. Las lógicas se desnudan para quedarse muertas a nuestros pies; porque ya nada funciona. Los sabores se van eliminando de a poco frente a lo imposible que se vuelve compartirlos con tu lengua tan lejana. Las visiones del mundo se entristecen e intentan transformarse en una especie de mnemoteca ambulante en mi conciencia para ver si puedo llegar a recrearlas mientras tomo fuerte tu mano, mientras deslizo lentamente mi dedo por tu vientre, apenas levantándolo para construirte una segunda piel, solo mía frente a esa piel que es también mía.
De puro egoísta y pendejo te construyo segundas partes para tener más y más de donde alimentarme, para anegarme aun más de ti… y es que no me canso.
Toda esa construcción, todo lo que eres y eres para mí comienza a rodearme. Me sube desde los dedos de los pies hasta pegárseme a los labios, hasta envolverme y arrastrarse por mi garganta como si serpiente blanca, como si gusano multicolor, como ahogarse en un té de frutillas con una sonrisa y un beso. Y esto que me sube endulza todo al contacto y vuelve el exterior cada vez más amargo, por contraposición, ya sabes… ya sabes. Porque si no estás aquí, dónde hallarte sino en lo que de ti queda en los vellos de mi cuerpo, en los bordes de mis labios y en la desesperación de mis dedos que sin ti no tienen ocupación. Mi cuerpo te reclama, como si no estuviera contento sin poder mirarse junto a ti, en esa amalgama tan hermosa que son nuestros cuerpos entrelazados, nuestros alientos danzando por la habitación inundada de la luz que nace de nuestros ojos frente a frente, de nuestros juegos de cíclope, y ese incienso voluptuoso y único que se impregna en mis paredes y mis ropas, en mis labios y mis recuerdos.
La mera aproximación a eso que los dos somos, a eso en lo que devenimos al momento en que nuestras lenguas hacen contacto una con la otra, y sus ataduras se rompen y empieza algo ya fuera de nuestro control, algo que se asemeja más al clamor de una deidad que al abrazo mortal, la mera aproximación a eso me entierra un gigantesco puñal por todo el cuerpo, me hace desearte instantáneamente y como un orate y me arroja a la impotencia de no poder de hacerlo. De tenerte sólo como esa ausencia frente a la que me enfrento, ahora con los brazos caídos y en espera del golpe de gracia, sólo como esa ausencia que se hace presente en la mutilación de mi cuerpo y mi mente, esa ausencia que sólo me queda trocar en esperanza de su propio fin.

martes, octubre 14, 2008

Paraiso Perdido (o el conflicto de las puertas)

A las ocho de la noche salía de su departamento en el céntrico barrio Bulnes vistiendo ropas ligeras. Llevaba en los bolsillos unos cuantos pesos, un poemario pequeño de Milton y un manojo de llaves. Enfiló hacia la banca en la que se juntaba con sus amigos y esperó un par de minutos mirando el cielo púrpura de las luces santiaguinas. Tenía catorce años y la inquietud despreocupada de quien quiere sentirse vivo.
Bastaron un par de minutos para que apareciera Gonzalo, de trece años y Pepe, cinco años mayor. Traían sonrisas grandes y un paquete de cigarrillos que compartieron en ese momento.
El plan era reunirse con tres muchachas de los alrededores y acompañarlas con un par de cajas de vino. Sólo Pepe las conocía y se encargaba de exaltar sus virtudes femeninas. Advertía que una de ellas sólo poseía una discreta sensualidad pero que la suerte y el talento decidirían por ellos quién se quedaría con quien.
Se dirigieron primero a la botillería. La más conveniente estaba llegando a avenida Matta, en territorios de una pandilla a la que de ninguna forma podrían enfrentar, pero la noche estaba para cosas grandes así que decidieron tomar el riesgo. Afortunadamente no tuvieron inconvenientes. A lo lejos vieron un enfrentamiento entre un grupo de jóvenes y apuraron el paso, pero ya nadie podría alcanzarlos.
Pasada media hora llegaron al edificio de las chicas. Se hicieron las presentaciones y supieron que debían llamarlas Morena, Claudia y China. La última era la menos agraciada y pareció prenderse inmediatamente de Gonzalo, quien tenía la fama del más apuesto. Las otras parecían tímidas pero tenían la voluptuosa mirada de quien ya se adivina mujer, y el cuerpo para legitimarlo.
Estaban decididos a reunirse en una plaza si no aparecía la casa de alguien, pero la suerte les hizo de esos regalos que nunca terminan de creerse: descendiendo desde el departamento de una de las chicas, encontraron uno con la puerta en condiciones que les extrañaron. Uno de ellos se acercó y con un simple impulso logró abrirla. El lugar estaba inhabitado y carecía de mueble o servicio básico alguno.
Eufóricos ingresaron. Riendo descontroladamente al punto de lanzarse al suelo. Aseguraron la puerta lo mejor que pudieron y empezaron a abrir las cajas de vino bajo la luz tenue de sus cigarrillos encendidos. Varios litros y cajetillas más adelante, se animaron a jugar esas excusas para terminar besándose sin control ni compromisos. Primero retraídamente iban quedándose más tiempo de lo normal en los ojos del otro, la duración de los besos iba creciendo exponencialmente y comenzaban a utilizar la imaginación excitada por la gran casa vacía para repartirse por las habitaciones. Gonzalo y China ya rodaban por el piso del living sin preocuparse por nada, perdiendo prenda tras prenda. Claudia y Pepe se besaban aletargados en la cadencia dulce del vino, rodeados por las cajas vacías. El otro y la Morena tenían sus cuerpos y bocas unidos en un abrazo brioso sobre el asiento del baño.
La noche transcurrió lenta y les dio tiempo a todos para separarse antes del amanecer. Sin un beso o siquiera una mirada distinta de la que se dieron al conocerse, volvieron presurosos a sus respectivos hogares.
Él subió casi corriendo las escaleras de su edificio, emocionado por los hechos recientes. Se plantó frente a la puerta y metió las manos en sus bolsillos. Fue ahí donde la fatalidad lo alcanzó: en sus bolsillos halló apenas el escrito desvencijado de Milton. Ni rastros de las llaves, tampoco dinero alguno. Su padre tampoco despertó por más fuerte que golpeara
El manojo que abría su puerta jamás lo volvió a ver, tampoco a la Morena o a ese departamento de fantasía. Durmió esa noche arrojado en las escaleras y leyendo el poemario, antes de dormirse alcanzó a terminar un fragmento: “Aquellas llamas no despedían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza.” Se cerraron sus ojos y ahí quedó.